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Los trillizos
nos han cambiado
No hace falta explicar cómo la llegada de nuestros tres hijos nos
transformó a mi marido y a mí en aspectos incontables. Pero lo que
no sabíamos es que nuestros trillizos también transforman a los
demás.
Me explico. Cuando bregamos con nuestra chiquillería dentro del
recinto de nuestra casa, el efecto revolucionador de nuestros
Alejandro, Ada y Ainoa se queda entre sus cuatro paredes. Pero al
menos una vez al día, agarramos el carrito triple y les sacamos a la
calle. Y ahí es donde este efecto se extiende a los demás. Esas
personas anónimas con las que una se cruzaba todos los días, que en
el tiempo pasado parecían muy afanadas en sus cosas y no nos
prestaban ninguna atención, ahora son perturbadas por el curioso
campo atractor del carrito de tres. Y se transforman como si les
hubiera tocado un rayo extraterrestre.
Y es que la gente, en cuanto ve el carrito con sus tres plazas
ocupadas, parece que olvida sus años de formación en buenas maneras,
y hacen cosas que no hacían desde pequeñitos. Como por ejemplo,
apuntarte frenéticamente agitando un dedo acusador (que da como
miedo, oye), y gritar a la persona que llevan al lado: ¡MIRA, MIRA!
¡MIRA, MIRA!. Tal suspensión de la urbanidad sólo parecería
justificada si uno viera, yo qué sé, una fragata de desembarco
alienígena, o una carroza de ministros en el Desfile del Orgullo
Gay; pero bueno, parece que un carrito de trillizos entra en la
misma categoría.
Otro caso frecuentísimo de regresión educativa es cómo la gente se
apropia de tu tiempo con toda naturalidad. ¿Que estás intentando
meter catorce bolsas de la compra en un coche repleto mientras
intentas consolar tierna y simultáneamente a tres bebés desesperados
porque se retrasa su merienda? ¿Que estás atendiendo una importante
llamada por el móvil? ¿Que finalmente te atiende el carnicero
después de media hora de cola? ¿Que de pronto te olvidas de todo lo
que te rodea y te sale darle un besito de novios al papá de tus
tesorines? ¡No importa! La gente necesita tu atención urgentemente,
y es sabido que la disponibilidad pública de unos padres de
trillizos sólo es comparable a la de los bomberos y policías. Todo
para que les proporciones información tan vital como: ¿Son
trillizos? ¿Son los tres tuyos? ¿Son niños los tres? ¿Son niñas las
tres? ¿Son del mismo parto? ¿Cuál es el mayor?. Y si no contestas de
inmediato, te sacuden el hombro o la manga y repiten la pregunta en
un tono más agudo, así hasta que reciban respuesta.
Este comportamiento es más o menos general. El resto puede
clasificarse en grupos, que paso a detallar:
Los aritméticos: Son gente que habitualmente sabe contar. Pero al
ver el carrito les entra la duda. Así que te preguntan: ¿Son tres?.
¿Llevas tres?. ¿Hay tres?. O sencillamente: ¿TREEES?. Una sonríe y
asiente con la cabeza, pero le dan ganas de contestar cosas como:
No, sólo es uno: ¿Qué ha bebido usted, señora?.
Los expresivos: A éstos, el campo de influencia del carrito les
enriquece instantáneamente el vocabulario. Gracias a ellos una oye
de pronto lindezas como ¡JO**R! ¡LA HOS**A¡ ME CAGO EN LA P**A!, y
muy a menudo, las tres ex-presiones de una vez (sustitúyanse los
asteriscos a discreción).
Los machistas admirativos: Al ver el carrito, te ignoran por
completo y se van derechos al padre (todo el mundo sabe que los
trillizos los hacen los padres ellos solitos), le cogen la mano y le
dedican todo tipo de piropos: ¡Machote! ¡Así se hace! ¡Macho... mis
respetos! ¡Jo**r, tío, con unos pocos como tú se arregla el problema
de la natalidad!.
Los machistas condolentes: Te ignoran igualmente, pero en lugar de
ver al padre como un héroe nacional, lo consideran objeto de
compasión. ... pobrecillo! ¡La que tienes encima, macho! ¡Yo me iba
a por tabaco y no volvía! ¡Anda, que tu mujer encantada, pero tú
eres el que tienes que darles de comer! (esto último me rebela
cuando pienso en los tres motores de sacaleches que he quemado ya).
Los procaces: Grupo constituido fundamentalmente, cosa curiosa, por
respetables personas de edad, que gritan cosas como: ¡Vaya polvazo
que echaste! (si se dirigen al padre) o ¡Vaya polvo te echó tu
marido! (si se dirigen a la madre). Es notable la presunción de
parte activa/pasiva en lo que a papeles sexuales se refiere.
Los asesores de planificación familiar: Te conminan (no en tono de
sugerencia, sino de orden militar): ¡Pues ya no tengas más! ¡Con
ésos ya tienes bastante! ¡Tú ahí ya te paras!. Curioso cruce entre
procaces y asesores son los que dicen cosas tan elaboradas como:
¡Después de eso, hija, le harás un nudo a tu marido y tú te pondrás
un tapón!. O los que, desconociendo o desaprobando otro método de
control que no sea la abstinencia, te recomiendan: ¡Yo que tú
mandaba al marido a dormir al sofá!.
Los autobiógrafos: Entienden que por tener trillizos estás
automáticamente interesada en conocer su vida reproductora. No la
tuya propia, sino la suya, precisamente la de ellos. Y te cuentan
que el hijo del cuñado de un primo de su marido tuvo mellizos, o que
ella misma ha tenido tres hijos que se llevan dieciocho meses entre
sí. Dan ganas de decir: Un momento, un momento: ¿Qué le hace pensar
que me importa?. Pero da cosa.
Los evaluadores: Éstos me dan mucha rabia, porque ahora los niños no
se enteran, pero dentro de muy poquito se enterarán, y a ver qué
traumas me les meten: Éste es más gordo. Éste es más guapo. Éste es
el malo, ¿verdad?. Éste es el más despierto. ¿A que éste es el más
bueno?. Deben de cobrar comisión del psicólogo del barrio.
Los discretos: Tienen la delicadeza de no decir nada, pero machacan
el hígado de su acompañante con repetidos codazos, mientras apuntan
desesperadamente al carrito con el mentón, con los ojos fuera de las
órbitas y las venas del cuello a reventar. Eso sí: intentan que tú
no te des cuenta. Pobres.
Los fogosos: Repentinamente contagiados de afán reproductor, gritan
cosas como: ¡Con ese culo que tienes, otros tres te hacía yo!
(suerte que en esa ocasión, quien empujaba el carrito no era la que
suscribe, sino la chica que nos ayuda, que aún no ha cumplido con
sus obligaciones demográficas). Personalmente prefiero los que
subliman el arrebato hacia su pareja: ¿Qué, te gustan? ¡Yo te hago
cuatro ahora mismo!.
Todos estos ejemplos son rigurosamente reales. Entiendo que la gente
lo hace con cariño: ven algo infrecuente y les gusta expresarlo,
casi siempre movidos por la ternura. Pero yo soy sólo una, y la
gente es mucha. Responder a la misma pregunta o reír la misma gracia
diez veces al día resulta, al final, un poco agotador. Por eso a mi
marido y a mí nos gusta fantasear con lo que haríamos (si nos
atreviéramos) para mantener un poco a raya a la gente:
- Ahuyentar a los que te sacan conversación, pidiéndoles que se
apunten el número de cuenta donde pueden hacer donativos.
- Imprimir dos mil folletos titulados Preguntas frecuentes sobre
estos trillizos, y poner en lo alto del carrito uno de esos
expositores de cartón que dicen: Coja uno
Y finalmente, cuando los nenes aprendan a hablar, enseñarles que si
alguien les mira fijamente, deben devolver la mirada durante un buen
rato y después preguntar, levantando una ceja con sorna británica y
perfecta educación: ¿Puedo ayudarla en algo, señora?.
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