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Quiero pedir perdón
por no dar detalles más exactos sobre la estancia en el hospital de los niños.
He tardado mucho tiempo en decidirme escribir toda esta vivencia, y ese tiempo,
me ha hecho
olvidar muchos detalles, afortunadamente.
De cualquier modo, espero que sirva para que os podáis hacer una idea aproximada
de lo que
vivimos durante esos meses.

Irene y Federico estaban en la misma
sala de UCI. Una sala con sólo cuatro incubadoras.
Beatriz estaba en la sala de
enfrente.
Una sala mucho más grande con muchos bebés.
Me quedé más tranquila cuando
vi el
equipo humano y tecnológico que cuidaba de mis hijos.
Una enfermera cuida de cada niño en la UCI, en turnos de ocho horas, durante las
veinticuatro
horas del día.
Médicos que siempre que no estén operando o atendiendo a algún otro bebé, están
disponibles
para contarte como evoluciona tu hijo.
Al día siguiente, por la tarde,
cuando llegué a la UCI, me dieron una sorpresa.
Me dijeron:" Mamá, tienes que coger a tus hijos en brazos. Vas a hacer un ratito
de canguro".
Esto, del método canguro, es, para quién no lo sepa, poner a tu bebé, desnudo,
contra tu pecho, desnudo también. Y no solo es gratificante, y mucho,
para la
madre (aunque al principio te mueras de miedo, ya que ellos siguen conectados a
aparatos y tienen vías puestas, además del respirador...),
sino que para los bebés es muy importante sentir el calor de su mamá, su cariño,
escuchar su voz,
su corazón... Esto
les ayuda, por ejemplo, a madurar, además de otros beneficios que les aporta el
contacto piel con piel como
puede ser el echo de que su cuerpo tome contacto con
las bacterias
que "conviven" en nuestra piel y así ir creando sus propias defensas.
La primera fue Irene. Apenas pude
aguantar quince minutos. La silla no era demasiado cómoda para alguien que aún
está convaleciente. De todos modos
la experiencia fue inolvidable.
El siguiente fue Federico. Que me asustó mucho porque sonaban todo el rato las
alarmas de
saturación y temperatura. Así que, decidimos que con él lo
tomaríamos
con más calma.
Beatriz, fue la última. Fue precioso.
La primera vez que abrazaba a mis hijos.
Podéis imaginar...
Al día siguiente Federico ya había
cogido una infección y empezaba la sucesión de días buenos y malos. Cogía unos
gramos. Se infectaba con algún "bicho"
de hospital. Le retiraban la
alimentación.
Perdía peso. Se recuperaba. Le volvían a dar leche. Se volvía a
infectar...
Así estuvo mucho tiempo.
A los cuatro días de nacer mis
hijos, me dieron el alta en el hospital.
Llevaba más de un mes sin pisar la
calle. Ingresé en verano y ahora ya era otoño.
Llovía y quizá eso me hizo
entristecer aún más. Me iba a casa y dejaba a mis niños en el hospital.
Y tenía
mucho miedo de lo que pudiese ocurrir.
Al día siguiente empecé la rutina
que duraría varios meses. A las nueve de la mañana en el hospital,
hasta las
dos. Luego por la tarde, de cuatro a nueve.
Llevar la leche que sacaba por la noche y por la mañana. Sacarme leche allí. Me
pasaba el día
con el sacaleches a cuestas. Pero, eso y estar con ellos,
era lo
único que podía hacer.
Y pasar miedo. No sabías lo que te ibas a encontrar cada
vez que les visitabas.
Sobre todo a Federico.
Igual le dejabas bien por la mañana y por la tarde se había puesto malo.
Nadie te dice: "No te preocupes. Dentro de unas semanas te lo llevas a casa sin
ningún problema".
O " Esto no es nada. Ya verás como se pone bien". No te lo dicen,
porque tampoco ellos saben
como van a evolucionar tus hijos.
Era la mañana del 21 de octubre y,
como vi que en la sala de Federico e Irene estaban ocupados,
entré a ver a
Beatriz primero.
Allí estaba. Dormidita. Con una lámpara de rayos UVA puesta, ya que le había subido
la bilirrubina.
Cuando vi que ya podía pasar a ver a los otros dos, estaban cambiando de pañal a
Federico, que estaba justo a la entrada de la sala.
Cuando fui a mirar a Irene... la incubadora estaba... vacía!.
Me daba miedo preguntar. Aún así lo hice. "Irene? Donde está?". "No lo sabes? se
la han llevado a
cuidados medios".
Me apoyé en la mesa de despacho que hay en la sala. Casi me caigo redonda. Y me
puse a llorar.
No había pasado tanto miedo nunca.
Una enfermera vino y me dijo: "pobre..., no te habían dicho nada?. Te has asustado,
verdad?.
Te habías pensado que...".
Me fui por el pasillo llorando,
buscando las salas de cuidados medios.
Buscando el nombre de Irene
en los
tablones para saber en que sala estaba.
No veía. Pregunté a una enfermera y me
llevó hasta la sala.
La sala roja pequeña.
Y allí estaba. Mi niña. Menudo susto me había llevado pensando que le había
ocurrido algo malo.
Y lo que había pasado es que estaba mejor y la habían
trasladado al nivel intermedio de cuidados.
El siguiente paso era no infectarse, coger peso y
marcharse a casa.
La enfermera de la sala me dijo que lo primero a lavarme las manos. Yo ya lo
sabía. Venía de la UCI y allí ya nos habían dicho que antes de nada,
había que
lavarse las manos.
Me resultó un poco "borde" con su actitud de ese día y de los siguientes. Después,
con el tiempo,
te das cuenta que es la mejor forma de que los padres nos
concienciemos de donde están nuestros hijos.
Y de las precauciones que hay que
tomar para que salgan adelante sin problemas.
También puede que sea la única manera de que hagamos caso.
Esta enfermera se llama Carmen y a ella como a muchas otras personas del
servicio de neonatología del Hospital Gregorio Marañón, no les olvidaré nunca.
Gracias a ellos, mis hijos, están hoy en casa. Alegres y sanos.
Cuando volví a la UCI me dijeron que
probablemente Beatriz se iría con su hermana al día siguiente.
Así fue.
En la UCI, los niños están
conectados a un monitor que vigila todas sus constantes vitales. Pulso,
saturación, temperatura... Con historial de
bradicardias y apneas.
No es raro que un bebé prematuro se olvide... de respirar. Y así lo hacen. Por
eso los tienen tan controlados.
Si nos paramos a pensar, un bebé, mientras está en la tripa de su mamá (y estos
deberían estar), no tiene que respirar, ni comer, ni preocuparse de nada, porque
para eso está en la tripa de su mamá
que lo hace todo por él.
Irene y Beatriz, fueron cogiendo peso y no tuvieron prácticamente ningún
problema durante su
estancia en cuidados medios. Infecciones que, afortunadamente, no les afectaron
demasiado.
Federico, en cambio, estuvo mucho
tiempo en la UCI. Le conocía todo el mundo.
Durante su estancia en la UCI, como ya dije antes, fue como la montaña rusa.
Subidas lentas y
bajadas a gran velocidad. Nos dio muchos sustos.
Infecciones
que no se sabía como habían aparecido. Pseudomonas, Bleas, Staphilococos...
Cogió
todo lo que se podía coger. Irene y Beatriz también
se infectaron, pero no
se vieron tan afectadas
como Federico. Lo pasó muy mal. Sufrimos mucho con él.
Le veías, tan pequeño, tan delgadito. Lleno de vías y cables. Y le pinchaban
para hacerle análisis,
para cambiarle las vías de sitio... Y le mirabas y le
veías agotado. Parecía que te estaba diciendo: "vale ya!. Dejad de hacerme
sufrir." Fueron días muy duros.
Una de las infecciones fue bastante grave. La doctora no sabía muy bien que
tenia el niño.
Le sacaron líquido de la médula para analizar,
por si fuese
meningitis. Afortunadamente dio negativo.
Le intubaron.
El peleaba, no quería tener ese tuvo puesto. Ya tenía bastante con la CPAP.
Hay que decir, que, durante su estancia en la UCI presencié como comunicaban a
los padres de unas mellizas que estaban en la sala con mi hijo,
que una de las
niñas, se moría. Fue horroroso.
Me moría de miedo pensando que me lo podrían decir a mi cualquier día.
También falleció la niña que ocupó el lugar de la que había fallecido. Eran muy
pequeñas.
Mas incluso que Federico. Apenas pesaban 500gr.
Por fin llegó el día en que llevaron
a Federico con sus hermanas a cuidados medios.
Irene, ya se había quitado las gafas de oxígeno tantas veces que los médicos
optaron por quitárselas definitivamente.
Beatriz aún las llevaba. Le costó mucho dejarlas.
El caso es que Federico no duró ni veinticuatro horas con sus hermanas.
Por la noche se puso malo y se lo llevaron a la UCI de nuevo.
Le volvieron a intubar pero como estaba tan inquieto lo desentubaron por la
tarde.
Unos minutos después, y delante mío, sufrió una apnea y viendo que no se
recuperaba por sí sólo, lo tuvieron que reanimar delante de mi.
Otro susto. Crees que te vas haciendo dura, pero no es así.
No fue nada grave, así que a los dos días volvió con sus hermanas. Esta vez para
quedarse.
Les trasfundieron sangre a los tres. A Irene y a Federico más de una. Algo
corriente en los
prematuros, por otro lado.
Así, llegamos al mes de Diciembre.
El día 11 de ese mes, no sin mucho miedo, nos llevamos a Irene a casa. Pesaba
2.100gr.
Comía muy despacio. Tardaba en tomar 60cc. de leche, una hora
aproximadamente.
Yo estaba temblando, echando cuentas de como sería dar de comer a los tres. Si
cada uno tardaba
una hora y comían cada tres... me pasaría el día
con un biberón
en la mano!.
El día 22 de diciembre nos llevamos a casa a Beatriz.
Pasamos las navidades echando mucho de menos a Federico. Pero, por lo menos
teníamos a dos
en casa ya.
Federico estaba haciendo muchos
avances y pronto
podría venir el también.
El 27 de diciembre algo se torció. Beatriz, que comía de maravilla, dejó de
hacerlo. Y lo peor es que se ahogaba. Dejaba de respirar y se ponía azul.
Me llevé un susto de muerte y llamé al hospital, donde me dijeron que la llevase
rápidamente.
Así lo hice, la hicieron pruebas para descartar que tuviese
VRS , y al ver que no era así, la volvieron a ingresar en neonatología.
Cuando la vi, desnuda, con el pañal solo, dentro de una incubadora... se me vino
el mundo encima.
La tuve que dejar allí.
Hasta ese momento no me di verdaderamente cuenta de lo importante que era para
mi.
Habían pasado los meses, desde que nacieron, y hasta que no llegó a casa y
pudimos tener esa
"intimidad" entre madre e hijo no me había sentido madre
realmente.
Ahora, mi niña, tenía que quedarse en el hospital. Otra vez. Fue horrible.
Al final era anemia lo que tenía. Le trasfundieron sangre y le pusieron
antibióticos por si acaso.
Lo peor fue, que, en el hospital, habían cambiado la
leche de
inicio en polvo por la misma pero ya preparada y embotellada. Pues esta
debió ser la causante de que las cacas fuesen más ácidas y le produjeron unas heridas en el culito que lo tenía en carne viva.
Yo estaba deseando que le dieran el alta para que dejase de tomar esa leche,
pues yo estaba segura, en contra de la opinión del hospital, que ese
era el
motivo de la irritación. Así fue.
El 6 de enero de 2005 nos pudimos llevar a Beatriz a casa, de nuevo. Menudo
regalo de Reyes.
Y además, enseguida que le empezamos a dar la leche en polvo y le pusimos crema
en el culito,
se le puso bien.
Ahora solo quedaba Fede.
Seis días después, el 12 de enero, por fin, le dieron el alta a Federico.
Ya estábamos todos en casa.
A partir de ese momento durante los
dos primeros meses, estábamos todas las semanas en el hospital
para revisiones.
La primera semana que no tuvimos
que ir ningún día, me pasaba el día con la
sensación de que
se me olvidaba algo, como si me hubiese olvidado de alguna cita
con algún médico...
Gracias a Dios, les fueron dando el
alta en todos los especialistas, otorrino, oftalmólogo, cardiólogo,
traumatólogo...
Milagrosamente, no les quedó ninguna secuela a ninguno de los tres.
Bueno, a Federico, le han quedado de recuerdo unas cicatrices en la cabeza de
heridas infectadas
de los muchos pinchazos que le dieron para las vías.
Y en la
nariz una pequeña marca de recuerdo del respirador.
En el momento en que salió Fede del
hospital, sentí una sensación rara.
Tenía muchas ganas de salir de allí. Llevaba en el hospital metida desde el 13
de septiembre que
ingresé, y después del alta, había ido todos los días.
Es
mucho tiempo. Había pasado tanto tiempo conviviendo con el personal de
neonatología... que al final me dio pena pensar que no los volvería a ver.
Personas que habían sido tan importantes en nuestra vida. Que cada uno de ellos,
había puesto
su granito de arena para que hoy tuviese a mis hijos en casa. Médicos, enfermeras, enfermeros y auxiliares. De UCI y Cuidados medios, se
habían portado tan
bien con nosotros, que sería injusto que no tuviesen
su lugar
en esta historia. Ellos son parte de ella. Gracias a Dios y a ellos, puedo contar
esta
historia con final feliz.

GRACIAS
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