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EL EMBARAZO |
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Si estás embarazada,
hazme un favor: CUÍDATE MUCHÍSIMO.
Cada vez son mas
frecuentes los partos prematuros, y, aunque
No quiero asustar a
nadie. Solo quiero concienciar de la
Los médicos, no siempre
le dan la importancia que merece a un
Este embarazo empezó como
comienzan todos los embarazos que son muy deseados y buscados. El mismo día que me hice
el test y dio positivo, llamé a mi ginecólogo para
pedirle cita, y me la dieron
para la semana siguiente, el 11 de mayo. Se veía una bolsa, pero,
para el tiempo que se supone que llevaba de embarazo,
era El resultado de la beta
fue 3.160 y el embrión medía 6mm. No le cuadraba. Volvimos pasado una semana y... sorpresa! ahora son tres!!!. Si antes estábamos que no dábamos crédito, ahora mucho más. Dios había escuchado mis súplicas y había decidido concederme lo que más deseaba en el mundo... por triplicado.
A partir de ese momento, reposo, baja durante todo
el embarazo. A tomar la
vida
Comencé con los
mareos, al día siguiente de saber que estaba embarazada. El 15 de junio fue
la ecografía. El 20 de julio nos
hicieron una nueva ecografía. El médico nos dijo que uno
por lo menos era un
niño. El 15 de agosto nos fuimos de vacaciones. A la playa. El viaje, la verdad
es que me resultó bastante pesado. Yo ya estaba bastante
incómoda y, la
verdad, es que no pudimos hacer demasiadas cosas. Ni siquiera pasear... ya
que en cuanto caminaba unos metros, empezaba a dolerme mucho la barriga.
Regresamos a Madrid y fui a hacerme la ecografía. Allí estaban. Los tres. Y... dos niñas y un niño!. Nos pusimos muy contentos, sobre todo mi marido, que quería niñas, ya que en su familia todo son chicos. Una de las niñas estaba dando patadas y puñetazos a la otra. Abajo del todo, estaba el niño, el cual, pudimos ver en tres dimensiones. Fue algo increíble. Pues así pasó el tiempo, hasta que me desperté en la madrugada del 13 de septiembre, con 23 semanas de embarazo, al notar un líquido calentito entre mis piernas.
Me
desperté, me levanté y fuí al baño. Lo primero que dije fue: No!.Algo iba mal.
Desperté a mi marido y llamamos a urgencias. Les expliqué por teléfono lo que me pasaba y me dijeron que se pusiera mi marido. A él le confirmaron mis sospechas: era una amenaza de aborto. Tenía que ir urgentemente a un hospital.
Cogimos el
coche y llegamos a la clínica más cercana a nuestra casa, la
Clínica Belén. Supliqué que me mandaran al Gregorio Marañón, y , aunque me advirtieron que tendría que ir al hospital donde me admitieran, al final, me mandaron al Gregorio Marañón. Llegamos allí y volvieron a hacerme una eco. Confirmaron el diagnóstico y me ingresaron. La primera visita del médico fue bastante dura.
El niño había
roto su bolsa. Era muy pronto para nacer. Fue duro. Pero había que aguantar. Me pusieron antibióticos que no me sentaron bien al estómago y me hicieron pasar mucho dolor durante dos días, que se me hicieron eternos.
Mi compañera de
habitación (que también ingresó con bolsa rota, aunque de un sólo bebé) y
yo, hicimos un trato. Nada de lamentos. Teníamos que estar positivas,
era
A mi compañera
le hicieron la cesárea el ocho de octubre y me dejó sola. El 16 de octubre a las cinco de la madrugada, empecé a notar dolores, como de regla, que apenas duraban treinta o cuarenta segundos en intervalos de diez, quince, veinte minutos. Esperé al medio día para avisar a las enfermeras, que debieron pensar queme lo inventaba, y tardaron aún hasta las cuatro de la tarde en ponerme el monitor.
Solo había un
problema: el monitor no reflejaba las contracciones que yo tenía. A fuerza de insistir, acabaron por avisar al ginecólogo, aunque ya eran las nueve de la noche. Los dolores ya eran muy fuertes. Este vino y después de explorarme dijo que me dieran una pastilla para intentar parar las contracciones. No sirvió. Lo siguiente fue ponerme un goteo, pero en lugar de parar las contracciones, lo que hizo fue aumentarlas en intensidad y frecuencia. Ya eran insoportables y viendo que aquello no había forma de pararlo, me dijeron que me tenían que sacar a los bebés. Yo me moría de miedo. Eran muy pequeños todavía, pero no podían seguir dentro de mí. Empezaba a haber malestar fetal. Si no los sacaban, podían morir dentro. Era la una y media de la madrugada. Llegamos al quirófano. Tenía mucho frío y me temblaba todo el cuerpo de forma exagerada. Me pusieron la anestesia y enseguida empecé a sentir calor y dejé de notar dolor alguno.
Había mucha
gente. Dos personas cuidando de la anestesia que fueron muy amables y
cariñosos conmigo. Dos médicos y las enfermeras que atendían la cesárea, y dos personas por cada niño.
Cuando terminaron me llevaron a la sala de recuperación donde esperé llena de incertidumbre por cómo estarían mis bebés... al menos, mis niñas.
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