EL EMBARAZO

 

 

Si estás embarazada, hazme un favor: CUÍDATE MUCHÍSIMO.
Por ti y por esa vida o vidas que llevas en tu interior.

Cada vez son mas frecuentes los partos prematuros, y, aunque
la medicina ha avanzado mucho en este campo, aún hoy, muchos
niños que nacen demasiado pronto, arrastran graves problemas
de salud. Algunos ni siquiera logran sobrevivir.

No quiero asustar a nadie. Solo quiero concienciar de la
importancia de cuidarse mucho en el embarazo, más aún si este
es múltiple.

Los médicos, no siempre le dan la importancia que merece a un
embarazo múltiple. Dáselo tu.

Este embarazo empezó como comienzan todos los embarazos que son muy deseados y buscados.
Con mucha ilusión pero mucho miedo también.

 

El mismo día que me hice el test y dio positivo, llamé a mi ginecólogo para pedirle cita, y me la dieron para la semana siguiente, el 11 de mayo.
Cuando fuimos, fue como si nos echaran un jarro de agua fría.

Se veía una bolsa, pero, para el tiempo que se supone que llevaba de embarazo, era
un poco pequeña. Así que nos mandaron hacer una beta y otra ecografía al día siguiente.

El resultado de la beta fue 3.160 y el embrión medía 6mm. No le cuadraba.
El estradiol era muy alto para un embrión tan pequeño.
Había que repetir las pruebas. Dos días más tarde volvíamos al ginecólogo con los resultados.
Nos dijo que en ese tiempo, para que fuese bien el embarazo, tendría que haberse duplicado el nivel de estradiol, pero el nivel estaba en 11.000.
Otra ecografía, pero ahora... eran dos las bolsas. No lo podíamos creer.
Casi no queríamos hacernos ilusiones... por si acaso.
Tendríamos que volver en una semana. De momento baja de tres semanas.

Volvimos pasado una semana y... sorpresa! ahora son tres!!!.

Si antes estábamos que no dábamos crédito, ahora mucho más. Dios había escuchado mis súplicas y había decidido concederme lo que más deseaba en el mundo... por triplicado.

A partir de ese momento, reposo, baja durante todo el embarazo. A tomar la vida
con calma, nada de esfuerzos y a cuidarme mucho.

Comencé con los mareos, al día siguiente de saber que estaba embarazada.
Según me dijo el médico, estas molestias serían más agudas por el echo de ser un embarazo triple.

El 28 de mayo volvimos a la consulta del ginecólogo. Me hizo una ecografía y entonces parecía que sólo había dos embriones. Una de las bolsas se veía difuminada y el médico nos dijo que seguramente no seguiría adelante.
Que estas cosas eran muy normales y además era lo mejor tanto para mí, como para los otros dos embriones.
De todos modos no era seguro, así que esperaríamos a la siguiente ecografía para ver cuantos habían decidido quedarse.
También me dijo que era mejor que me llevase el embarazo otro médico que me recomendaba, ya que el no hacía partos y el otro médico estaba, además, mas familiarizado con los embarazos múltiples.
 

El 15 de junio fue la ecografía.
Le comentamos a la ecógrafa lo que nos había dicho el médico sobre la posible pérdida de una de las bolsas. Entonces ella dijo: "pues, aquí hay tres embriones", "se ven perfectamente".
Y así era. Dos mini bebés de 2.7cm y otro de 2.9cm.
Escuchamos su corazón, nos emocionamos. Era increíble.
Luego cuando fuimos al nuevo médico nos tranquilizó diciendo que no tenía por que
haber problemas con el embarazo. Sólo que era prácticamente imposible llevar el embarazo a término y nacerían prematuros.
Lo que había que evitar es que nacieran demasiado pronto.
Si conseguíamos llegar a la semana 34seguro que no habría problemas y nacerían con
un peso y un desarrollo más que aceptables.
 

El 20 de julio nos hicieron una nueva ecografía. El médico nos dijo que uno por lo menos era un niño.
Así llegamos al mes de agosto. El día 12 nos dijeron que podíamos ir de vacaciones.
Con tranquilidad, a descansar y relajarnos. Viaje corto. A la vuelta tendría que hacerme una ecografía doppler para ver que tal estaban los bebés.

El 15 de agosto nos fuimos de vacaciones. A la playa.

El viaje, la verdad es que me resultó bastante pesado. Yo ya estaba bastante incómoda y, la verdad, es que no pudimos hacer demasiadas cosas. Ni siquiera pasear... ya que en cuanto caminaba unos metros, empezaba a dolerme mucho la barriga.
Además tenía muchísimo calor y casi no podía dormir por la noche.

Regresamos a Madrid y fui a hacerme la ecografía.

Allí estaban. Los tres. Y... dos niñas y un niño!. Nos pusimos muy contentos, sobre todo mi marido, que quería niñas, ya que en su familia todo son chicos.

Una de las niñas estaba dando patadas y puñetazos a la otra. Abajo del todo, estaba el niño, el cual, pudimos ver en tres dimensiones. Fue algo increíble.

Pues así pasó el tiempo, hasta que me desperté en la madrugada del 13 de septiembre, con 23 semanas de embarazo, al notar un líquido calentito entre mis piernas.

Me desperté, me levanté y fuí al baño. Lo primero que dije fue: No!.Algo iba mal.
No podía ser que hubiese roto aguas.

Desperté a mi marido y llamamos a urgencias. Les expliqué por teléfono lo que me pasaba y me dijeron que se pusiera mi marido. A él le confirmaron mis sospechas: era una amenaza de aborto. Tenía que ir urgentemente a un hospital.

Cogimos el coche y llegamos a la clínica más cercana a nuestra casa, la Clínica Belén.
Allí me hicieron una ecografía y me dijeron que el niño había roto su bolsa.
Las niñas estaban bien, pero el niño... Allí no podían atenderme.
Tenía que ir a un hospital grande, con medios para atender a los niños si se precipitaba su nacimiento.

Supliqué que me mandaran al Gregorio Marañón, y , aunque me advirtieron que tendría que ir al hospital donde me admitieran, al final, me mandaron al Gregorio Marañón.

Llegamos allí y volvieron a hacerme una eco. Confirmaron el diagnóstico y me ingresaron.

La primera visita del médico fue bastante dura.

El niño había roto su bolsa. Era muy pronto para nacer.
En este momento no tendrían posibilidades de vivir, así que había que aguantar el mayor tiempo posible para que crecieran y tuviesen más posibilidades de sobrevivir. Sólo que el niño... no tenía líquido amniótico, y sin él, no podría terminar de formar sus órganos, con lo cual, no tenían esperanzas de que pudiese sobrevivir. Habría que sacrificar uno para salvar a sus hermanas.

Fue duro. Pero había que aguantar.

Me pusieron antibióticos que no me sentaron bien al estómago y me hicieron pasar mucho dolor durante dos días, que se me hicieron eternos.

Mi compañera de habitación (que también ingresó con bolsa rota, aunque de un sólo bebé) y yo, hicimos un trato. Nada de lamentos. Teníamos que estar positivas, era
la única forma que teníamos de ayudar a nuestros niños. Estando animadas.
No consentiríamos que nadie viniese a llorar delante nuestra.
Y así pasaron las semanas.

A mi compañera le hicieron la cesárea el ocho de octubre y me dejó sola.
Su niña pesó 1.550gr y estaba mejor de lo que esperaban los médicos.

El 16 de octubre a las cinco de la madrugada, empecé a notar dolores, como de regla, que apenas duraban treinta o cuarenta segundos en intervalos de diez, quince, veinte minutos.

Esperé al medio día para avisar a las enfermeras, que debieron pensar queme lo inventaba, y tardaron aún hasta las cuatro de la tarde en ponerme el monitor.

Solo había un problema: el monitor no reflejaba las contracciones que yo tenía.
Las mostraba muy débiles y a mí cada vez me dolían más fuerte.

A fuerza de insistir, acabaron por avisar al ginecólogo, aunque ya eran las nueve de la noche. Los dolores ya eran muy fuertes.

Este vino y después de explorarme dijo que me dieran una pastilla para intentar parar las contracciones. No sirvió.

Lo siguiente fue ponerme un goteo, pero en lugar de parar las contracciones, lo que hizo fue aumentarlas en intensidad y frecuencia.

Ya eran insoportables y viendo que aquello no había forma de pararlo, me dijeron que me tenían que sacar a los bebés.

Yo me moría de miedo. Eran muy pequeños todavía, pero no podían seguir dentro de mí. Empezaba a haber malestar fetal. Si no los sacaban, podían morir dentro.

Era la una y media de la madrugada. Llegamos al quirófano. Tenía mucho frío y me temblaba todo el cuerpo de forma exagerada.

Me pusieron la anestesia y enseguida empecé a sentir calor y dejé de notar dolor alguno.

Había mucha gente. Dos personas cuidando de la anestesia que fueron muy amables y cariñosos conmigo. Dos médicos y las enfermeras que atendían la cesárea, y dos personas por cada niño.
Todo estaba muy organizado. Cada uno sabía perfectamente lo que tenía que hacer y según iban sacando a los niños se los iban llevando para prepararlos en su incubadora.

Cuando terminaron me llevaron a la sala de recuperación donde esperé llena de incertidumbre por cómo estarían mis bebés... al menos, mis niñas.

 

Inicio            Los niños