Los niños

 

   

 

 

 

  Los niños 

Nacieron el 17 de Octubre de 2004, a las 2:30 de la madrugada. Demasiado pronto.

Los médicos nos dijeron que las primeras horas eran cruciales.

Mi marido y mis padres fueron los primeros en verlos. Yo sólo había visto a Federico en el quirófano, y me había despedido de él, en la distancia, porque no me lo enseñaron, lo vi por casualidad.

Los médicos siempre fueron claros con nosotros durante mi estancia en el hospital. El niño no podía terminar de formar sus órganos sin líquido en la bolsa. Si conseguía sobrevivir sería con muchos problemas.

Con esa idea en mi cabeza, esperaba en la sala de recuperación, hasta que llegó la médico pediatra.
Lo primero que me dijo fue: "Tus hijos están bien. Son muy pequeñitos, tendrán que pasar tiempo en la incubadora, pero, de momento, están bien".
Yo, casi con miedo, pregunté: "Los tres?". y ella me contestó que si, que los tres estaban bien. Que las primeras horas eran definitivas, pero los tres respiraban, vivían.

No podía creerlo. Tanto tiempo tratando de hacerme a la idea. Pidiéndole a Dios, que, si no estaba bien, se lo llevara con él. Que no permitiese que mi niño sufriera toda su vida... y ahora... Dios me había regalado la vida de mi hijo. Un niño que, contra todo pronóstico, tenía todos sus órganos formados.
Ahora solo había que esperar y rezar para que superasen todas las dificultades que pudiesen tener mientras alcanzaban el tamaño necesario para poder llevarlos a casa con nosotros.
Iba a ser un duro y largo camino, pero lo haríamos con ellos. No les dejaríamos solos.

Luego me llevaron a la habitación. Se me hizo tan grande. Tan vacía.

Ves por tu ventana como llega la gente a visitar a las otras mamás, con regalos para el niño... yo no tuve nada de eso. Fui yo misma la que pidió que nadie me trajese regalos para los niños. Tenía miedo de lo que pudiese pasar.
Si algo fatal ocurriese, y me quedase un regalo para ese niño que no estuviera... me volvería loca.
Tampoco tenía nada preparado en casa. Ni siquiera había ido a ver cunas, ni ropa... No tenía en casa ni un babero, ni unos calcetines... nada.
Vamos, que parecía una futura mamá sin ninguna ilusión por preparar la llegada de sus bebés, y lo que pasaba era que estaba muerta de miedo.
Parecía como si hubiese estado presintiendo que algo no saldría bien...

Aún habiendo sido yo la que no quería regalos, esa diferencia con las otras mamás te hiere. Parece, como si no hubieses sido madre.
Tú estás en tu habitación, y ellos, en la UCI, luchando por vivir. Y tú no puedes hacer nada. Bueno, en realidad, lo único que podía hacer era sacarme la leche para que se la dieran por una sonda. Así lo hice.

Catorce horas después de nacer, fui a conocer a mis hijos.
Me llevó mi marido en una silla de ruedas.

Era increíble. Monitores, cables, vías, sensores...
Mis niños, moraditos aún, tan pequeños, tan indefensos, tan frágiles...
Parecían muñequitos, pero eran tan perfectos...

Uno piensa que un niño que debería estar aún en la tripa de su madre por mucho tiempo no puede ser así. Eran bebés en miniatura.
Y tanto. Irene pesó 1.070gr. Beatriz, 990gr. Federico 810gr.

Sus piernas tenían el grosos de mis dedos. Sus manos... eran tan pequeñitas, pero tan perfectas...

 

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